Declaración (de intenciones)

Quédate porque yo voy a quedarme.

A pecho descubierto

Nunca te hablo de eso, me siento segura en nosotros pero insegura en mí. 

Me matan las ganas de hablarte, pero los dardos helados me cruzan la cara cada vez que lo intento. Me matan las ganas de verte, dejar esos dos metros para convertirlos en dos milímetros pero mi miedo a que lo notes todo aparece. Me matan las ganas de decirte la verdad, pero mi miedo a no ser suficiente aparece. Mi miedo a caerme del limbo donde me tienes flotando, en ese espacio infinito, lleno y vacío a la vez dentro de tus ojos.

Necesito hablar contigo, y no hacerlo nunca de lo prohibido porque ya no exista. 

Un poco (más) rota

Y tú, siendo consciente, intentas mantenerte estable sabiendo que muere una parte de ti cada vez que no te busca.

Queda poco, menos de mí


En 2020 escribía inmarcesible con la esperanza de que las palabras no se marchitasen, ahora leo de nuevo aquello y me parece irónico, ya no sé si me mienten los sentidos o me mentí yo.

Tengo unas cuantas preguntas que no quiero responderme, porque han muerto en vida más personas que gatos. También tengo unas cuantas más que no se plantearme, pero de momento con recordar cómo se respira tengo suficiente.

Dime algo de aquello que no quieres decir pero que yo ansío escuchar.
Dame una excusa más que me tenga en el limbo entre lo onírico y lo real.
O un tiro a quemarropa al corazón, que a la larga duele menos.

Me voy, llena de todo menos de lo que quiero.

Confiar está pasado de moda

Nunca olvides que cuando te clavan un puñal la mano nunca está muy lejos. Que sí, que culpar al arma para evitar destrozarnos más está muy bien, pero un arma sin mano siempre es inofensiva.

Ahora estoy mejor

Durante mucho tiempo he sido la chica en llamas, la que (te) devoraba con la mirada y siempre vestía de negro, algo así como un intento de camuflaje de intenciones.

También he sido el ángel arrancado del cielo, con el poder de la gelifracción era la revolución con alas.

Y la chica de la mesa del fondo de bar, siempre con la mirada perdida en aquel maldito café, sacando de paseo a las mariposas de su cabeza.

Pese a todo, no me arrepiento de nada. Agradezco todos los recuerdos, pero ahogados en mi mar propio están mejor.