Jaque mate

El día parecía hecho de una materia distinta, más lento, más tibio, como si el tiempo hubiera decidido detenerse en la curva exacta donde dos cuerpos se encuentran y dejan de ser extraños. Nos buscamos como quien regresa a casa después de un largo viaje. No había prisa. Pero sí ganas. Las suficientes como para prender el mundo y arder con él. 

Sentí cómo el deseo crecía despacio, como una marea paciente que avanza sin hacer ruido y termina cubriéndolo todo. No era un incendio repentino, sino un fuego antiguo, sereno y profundo. La piel hablaba un idioma que ambos comprendíamos perfectamente, un lenguaje hecho de estremecimientos, suspiros y silencios compartidos. El lenguaje del placer. 


Yo siempre vuelvo a ese día. Tengo tu mirada clavada en la memoria. Una mirada de deseo, de pasión. Me acaricias la pierna, fugaz, pero suficiente para comenzar nuestro arte. Te muerdo para que sepas que no vas a morir de mí, no te librarás tan fácilmente. Te enciendo, me enciendes. Tus manos danzan por mi cuerpo y las mías aterrizan en tu centro de gravedad. Está grande. Ojalá dentro de mí. Pronto, pienso. Me pasas el brazo por el cuello para salvar las distancias pero no me vale, necesito estar más cerca de ti, o en su defecto, encima. Como aquella vez. Aquella vez en la que nuestros cuerpos se conocieron por primera vez sobre un reggaeton de fondo. Aquello sí que fue arte, preciso, precioso y peligroso. Encima de ti toqué el cielo y repetí, desafiando al vértigo. Tus movimientos dentro de mí me dejaron fuera de juego. Jaque mate a la reina. 

Sin saberlo abrí una puerta hacia el infierno y me tiré de cabeza. Ahora convivo con el mono de la droga que me dejaste probar, deseando que llegue el día en el que la reina ponga en jaque al rey.



La noche eterna

Fue aquella noche y ninguna otra, la que llevo a cuestas y cada 27 celebro el aniversario, a escondidas, en secreto. Fue aquella noche y ninguna otra en la que pienso cada noche, clavada en las costillas como navajazos, y ya son 59. 

No quedaban más noches que aquella noche, estaban todas allí juntas expentantes por el deseado encuentro. Todas las horas murieron condenadas por cada suspiro, por cada espera que al final mereció la pena. El encuentro de dos mundos detenidos e ingravidos.

No hubo noche igual... estaban todas allí, casi un año esperando a que esa llegara, en aquella habitación en la que nunca amaneció, aquella noche eterna en la que todas las otra noches se rindieron por la imposiblidad de competir contra la eternidad que me brindó tu piel y cada beso.

Queda poco, menos de mí


En 2020 escribía inmarcesible con la esperanza de que las palabras no se marchitasen, ahora leo de nuevo aquello y me parece irónico, ya no sé si me mienten los sentidos o me mentí yo.

Tengo unas cuantas preguntas que no quiero responderme, porque han muerto en vida más personas que gatos. También tengo unas cuantas más que no se plantearme, pero de momento con recordar cómo se respira tengo suficiente.

Dime algo de aquello que no quieres decir pero que yo ansío escuchar.
Dame una excusa más que me tenga en el limbo entre lo onírico y lo real.
O un tiro a quemarropa al corazón, que a la larga duele menos.

Me voy, llena de todo menos de lo que quiero.

Caótica




Juegas como nadie con mis estados mentales.

La rosa inmortal

Inútil es el deseo de mantener la rosa viva cuando se curva y muere sobre su tallo. Aunque rota, triste no la verás. Sé paciente y espera a cuando el ultimo pétalo caiga. Volará y el poeta la recibirá delicadamente en su alma. La convetirá en inmortal, como una gran historia de amor. Porque una historia de amor jamás muere. Al igual que el álma de la rosa tampoco morirá... Vivirá por siempre, en el alma del poeta.

A fuego lento

Te tengo debajo y me maravillo de la luz que desprendes. En este frotar de volúmenes beso tus mejillas a saltos y mis labios se impregnan de ti. Esa carita tuya me desquicia, me atormenta, me enloquece. Mirándote tan de cerca no veo más que tu boca, tan perfectamente dibujada.

Tus palabras, tu interés, tu querer hacer con esmero y yo tan impaciente, volcán esperando al momento idóneo para explotar gritando, deseando beberme tu amor de un trago. Me calmas con sapiencia, me mimas y me llevas a terrenos cálidos donde disfrutar del saborear lento hasta consumirnos lentamente.

No te vayas hasta que no descubra tu secreto.