Jaque mate

El día parecía hecho de una materia distinta, más lento, más tibio, como si el tiempo hubiera decidido detenerse en la curva exacta donde dos cuerpos se encuentran y dejan de ser extraños. Nos buscamos como quien regresa a casa después de un largo viaje. No había prisa. Pero sí ganas. Las suficientes como para prender el mundo y arder con él. 

Sentí cómo el deseo crecía despacio, como una marea paciente que avanza sin hacer ruido y termina cubriéndolo todo. No era un incendio repentino, sino un fuego antiguo, sereno y profundo. La piel hablaba un idioma que ambos comprendíamos perfectamente, un lenguaje hecho de estremecimientos, suspiros y silencios compartidos. El lenguaje del placer. 


Yo siempre vuelvo a ese día. Tengo tu mirada clavada en la memoria. Una mirada de deseo, de pasión. Me acaricias la pierna, fugaz, pero suficiente para comenzar nuestro arte. Te muerdo para que sepas que no vas a morir de mí, no te librarás tan fácilmente. Te enciendo, me enciendes. Tus manos danzan por mi cuerpo y las mías aterrizan en tu centro de gravedad. Está grande. Ojalá dentro de mí. Pronto, pienso. Me pasas el brazo por el cuello para salvar las distancias pero no me vale, necesito estar más cerca de ti, o en su defecto, encima. Como aquella vez. Aquella vez en la que nuestros cuerpos se conocieron por primera vez sobre un reggaeton de fondo. Aquello sí que fue arte, preciso, precioso y peligroso. Encima de ti toqué el cielo y repetí, desafiando al vértigo. Tus movimientos dentro de mí me dejaron fuera de juego. Jaque mate a la reina. 

Sin saberlo abrí una puerta hacia el infierno y me tiré de cabeza. Ahora convivo con el mono de la droga que me dejaste probar, deseando que llegue el día en el que la reina ponga en jaque al rey.